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Viernes 25 de Septiembre, 2020

La Iglesia frente al debate social y constitucional

 



"Este camino, nos interpela a todos, por medio del diálogo, del encuentro, del respeto, de la fraternidad y del bien común", Mons. Roncagliolo


La crisis social y sanitaria y el plebiscito de octubre, nos han desafiado a repensar el país en el cual queremos vivir. En este contexto ¿qué desafíos surgen en la reconstrucción del “Alma de Chile”?Algunas pistas para ayudar al discernimiento del proceso social que estamos viviendo, en la siguiente nota.

La madrugada del 19 de octubre el Presidente Sebastián Piñera decretó estado de emergen- cia en Santiago y toque de queda. Disturbios violentos, protestas, saqueos comenza- ron a reproducirse en prácti- camente todo el país. Se habló entonces del “peor malestar civil” en décadas. Un mes más tarde el gobierno y la mayoría de los partidos políticos, acordaron el Plebiscito Nacional 2020 que se realizará el próximo 25 de octubre.

Pero ¿qué quiebres profundos hay detrás del “estallido social? ¿por qué ahora y no antes? ¿se podría haber antici- pado? ¿era posible prevenirlo?

Resulta paradojal leer lo que decía la Iglesia de Santiago a través del cardenal Raúl Silva Henríquez hace más de 40 años: “¿Será necesario  recordar  que  el espectáculo de la excesiva riqueza exaspera a los que gimen en su extrema pobreza? Los pronunciados desequi- librios en  la  distribución  de  bienes  y expectativas no sólo ofenden a la justicia y al amor, sino preparan también estallidos violentos de una desespera- ción colectiva, en los que poco o nada quedará ya de justicia o de amor” (Te Deum 18 de septiembre de 1977).

LA REVOLUCIÓN DEL MALESTAR
Un día después del estallido social la Conferencia Episcopal de Chile sostuvo en una declaración que “un gran clamor popular se ha levantado a lo largo de nuestro país, que pide y exige que no haya más abusos, que la escandalosa desigual- dad económica y social vaya desapareciendo, que todos tengamos acceso a un sistema de salud, educación y pensiones dignas, entre otras demandas. Las expectativas de cambios políticos, económicos y sociales, e incluso una nueva Constitución y nuevas leyes que permitan dar más seguridades a los ciudadanos  -agregan los obispos- si bien para muchos abren una ventana de esperanza, son aún una buena intención no realizada” (Cuidar la convivencia: la paz es fruto de la justicia, 19 de octubre de 2019).

Gonzalo Rojas-May, autor de “La Revolución del Malestar, tiempos de precariedad síquica y cívica” (Edicio- nes El Mercurio, 2020) sostiene que esta crisis se pudo haber evitado: “Teníamos potencialmente las herramientas para constatar el descuido en la formación política, cívica y valórica y, por otra parte, el malestar que se estaba incubando en todos nosotros. No fuimos  capaces de tener una conciencia mayor. Hubo situaciones que nosotros permitimos y no alzamos la voz: por ejemplo, la diferen- cia enorme que existe  entre  las  penas de cuello blanco y las de otros tipos de delitos. Para un grueso de la población eso ha sido una cachetada. Había señales potentes de que algo se había quebrado. Y no nos hicimos cargo”.

Pero como solución “no bastará con una nueva Constitución”, sostiene Rojas- May: “Probablemente esta podría ayudar  a descomprimir el malestar social, pero lo que necesita en el largo plazo es una «idea país» en diálogo con una «idea planeta”. El modelo “Chile ayuda a Chile se acabó”. La ciudadanía ya no acepta migajas, sino que soluciones de fondo”.

Aún cuando los desafíos están medianamente claros, el academico de la UC, Patricio Dussaillant, sostiene que tenemos un severo problema de diálogo en Chile. “No se reconoce nada positivo en los otros, se  descalifica  a las personas y no se rebaten las ideas”, explica. “Las demandas del estallido cambiaron el clima de opinión del país. En otro momento, una  catástrofe como  la pandemia nos habría llevado a trabajar unidos, de manera solidaria y buscando el bien común. La polarización ha acrecen- tado las diferencias”.

Nelson Rodríguez, académico  de  la Facultad de Educación de la U. Católica Silva Henríquez, destaca  que lo importante en esta crisis social es “dialogar en un suelo común. Es decir, en el reconocimiento de que aquello que hoy nos separa, debe ser transformado. Que lo heredado de un modelo económico que olvidó lo humano y que favoreció a unos por sobre la dignidad de otros, debe ser transformado".

Ese es el  desafío, especialmente para los cristianos. Así lo cree Cristián Roncagliolo, vicario general de la arquidiócesis. Para el obispo  estamos en un momento oportuno para discernir en diálogo: “Los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia iluminan nuestro caminar y nos dan ciertos elementos para hacer un adecuado discernimiento. Este camino, sin duda, nos interpela a todos, por medio del diálogo, del  encuentro, del respeto, de la fraternidad y del bien común, elementos esenciales al momento de pensar en cómo ir haciendo las partes de este proceso y también de cómo construir el futuro de nuestro país”.

PISTAS PARA AVANZAR
En la misma  línea,  la  Conferencia Episcopal de Chile nos invita a construir puentes, "Porque la dignidad de la persona humana debe ser el centro de toda política pública, el país  espera de todos los actores y autoridades una actitud dialogante, no confrontacional. No es solo una estrategia- sostienen los obispos-; es un imperativo ético mirar más  al  bien  común  que  a  las  causas o proyectos particulares. No basta el aplanamiento de una curva o el cumpli- miento de una meta económica para superar esta crisis. El trasfondo antes que sanitario o económico, es el drama humano ante nuestros ojos. En Chile y  en la Iglesia hay todavía muchos asuntos pendientes que no pueden ser olvidados. Las mesas de diálogo  social  que  hoy se han abierto por la pandemia son un camino para retomar la búsqueda de un Chile más justo, solidario y dialogante”.

Llamados y reflexiones que no deberían separarnos del trabajo fundamental, el bien común de  Chile y  de su alma. Como decía el cardenal Silva Henríquez en 1974, “hablar del alma de Chile y no reconocer las trasformacio- nes que debemos asumir como pueblo, es caer en el descrédito de nuestras propias búsquedas como sociedad,  pues  sería la elocuencia de  un  sistema  económico y cultural que desecha al pobre, al que reclama, al que es diferente o al que no alcanza la altura de una sociedad de espíritus competitivos y emprendedores”.

Fuente: Encuentro -WWW.PERIODICOENCUENTRO.CL-

 



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