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Domingo 30 de agosto, Tiempo Ordinario
Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.
Palabra del Señor.
Te invitamos a profundizar este texto bíblico con la guía de Fray Julián de Cos Pérez de Camino O.P.Real Convento de Predicadores, Valencia, España:
Adecuar nuestra mente y nuestro corazón a las ideas, valores y sentimientos del Evangelio supone un largo camino de purificación, que requiere de nosotros, por una parte, ponernos en manos de Dios, para que sea Él quien nos guíe, y, por otra, esforzarnos todo lo posible para dejarnos llevar por Él. Por eso, este camino de purificación, al que los maestros espirituales llaman «camino de perfección», es, en el fondo, el camino de la cruz. Así lo define el propio Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».
“El que pierda su vida por mí, la encontrará”
Y lo explica de este modo: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». El camino de la cruz consiste en poner nuestra vida en manos de Dios para construir aquí su Reino de Amor, sacrificándonos por el bien común, por ejemplo, compartiendo nuestras posesiones, ayudando gratuitamente a los que nos necesiten, no malgastando nuestro dinero o dando testimonio del Evangelio cuando sea conveniente. Todo eso puede suponer un esfuerzo e, incluso, un sufrimiento. Pero también así Jesús será el centro de nuestra vida y, como decíamos al comienzo, vivir junto a Él nos genera una felicidad interior pura y verdadera, que no puede ser acallada por ningún disgusto, dificultad ni problema. Porque, al vivir junto a Jesús, reinando Él en nuestro corazón, vivimos el Reino de Dios.
De verdad que merece la pena perder nuestra vida para ganar el Reino de Dios. A corto plazo, nos puede parecer una locura, como así se lo pareció al bueno de san Pedro, que no quería que su amado Maestro muriera en Jerusalén, pero si lo miramos a largo plazo y, sobre todo, si lo contemplamos desde lo profundo de nuestro corazón, entonces descubriremos que el camino de la cruz es, en realidad, el camino de la eterna felicidad.
Fuente: Dominicos.org
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