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Domingo 9 de agosto, Tiempo Ordinario
Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman”.
Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.
“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. Enseguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:
“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.
Palabra del Señor.
Te invitamos a meditar la Palabra con la guía de Fr. Néstor Morales Gutiérrez (O.P.) del Convento San Vicente Ferrer (Valencia):
"¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!". Estas palabras de Jesús constituyen el corazón del Evangelio de hoy y, de algún modo, también el corazón de toda la experiencia cristiana. Son palabras pronunciadas en medio de la noche, cuando los discípulos se encuentran lejos de la orilla, sacudidos por el viento contrario y dominados por el temor. No es casualidad que Jesús se manifieste precisamente en ese momento. Dios suele acercarse a nosotros no cuando todo está en calma, sino cuando sentimos el peso de nuestras fragilidades, cuando la incertidumbre nos desorienta y cuando el miedo amenaza con robarnos la esperanza.
Si somos sinceros, todos conocemos alguna tormenta. A veces es una preocupación familiar, una enfermedad, una pérdida, un fracaso, una decisión difícil o la angustia que sentimos por alguien a quien amamos. Hay momentos en los que, como los discípulos, tenemos la impresión de que el viento sopla en contra y de que nuestras fuerzas no son suficientes para llegar a la otra orilla. Precisamente en esos momentos resuena la palabra del Señor: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".
Esta frase no es simplemente una invitación a tranquilizarnos. Es una promesa de presencia. Jesús no dice: "No pasa nada" o "todo se resolverá pronto". Dice algo mucho más profundo: "Soy yo". Es decir, "estoy contigo". Y esa certeza atraviesa toda la liturgia de hoy. Cada una de las lecturas nos presenta una situación de miedo, de incertidumbre o de sufrimiento, y en todas ellas Dios se hace presente para sostener, consolar y devolver la esperanza a quienes confían en Él.
Fuente: Dominicos.org
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