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Domingo 26 de julio, Tiempo Ordinario
Jesús dijo a la multitud:
El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
“¿Comprendieron todo esto?”
“Sí”, le respondieron.
Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.
Palabra del Señor.
Te invitamos a profundizar la Palabra con la guía de Fray Miguel Ángel Vilchez del Convento de Santo Domingo de Scala Coeli (Córdoba):
Las parábolas del Reino ocupan un lugar central en la predicación de Jesús. A través de imágenes sencillas y cotidianas —un campo sembrado, un poco de levadura, un tesoro escondido, una perla preciosa— el Señor nos introduce en una realidad misteriosa que no se impone con espectacularidad ni se presenta como algo acabado. El Reino de Dios no es un espectáculo admirable ni una meta ya conquistada; es una presencia dinámica que exige búsqueda, decisión y compromiso.
En las parábolas del tesoro y de la perla, Jesús nos sitúa ante el momento decisivo del descubrimiento. Algo irrumpe en la vida del hombre y lo transforma todo. Pero el hallazgo no es suficiente: exige respuesta. Venderlo todo, desprenderse, renunciar, elegir. El Reino no se añade a lo que ya poseemos como un complemento más; se convierte en el centro que reorganiza toda la existencia.
Estas imágenes nos invitan a preguntarnos si vivimos el cristianismo como una carga de obligaciones o como la alegría de un descubrimiento que nos hace libres. Porque el discípulo no es simplemente quien deja cosas, sino quien ha encontrado algo infinitamente más valioso. El texto que sigue nos ayudará a profundizar en esta lógica del Reino, que se alcanza más restando que sumando, y que transforma radicalmente la vida de quien se atreve a reconocer el tesoro y a apostar por él sin reservas.
Fuente: Dominicos.org
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