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Domingo 19 de julio, Tiempo Ordinario
Jesús propuso a la gente esta parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”
Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.
Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.
Palabra del Señor.
Profundiza en la Palabra de hoy con la guía de Fray Jesús Nguema Ndong Bindang (O.P.) Real Convento de Predicadores, Valencia, España:
Esta misma enseñanza se encuentra expresada, a su manera, en el Evangelio de Mateo. En él, Jesús nos presenta a Dios como el sembrador que esparce buena semilla en su campo. Sin embargo, Jesús también señala que junto a esta buena semilla crece la cizaña. Esta es una manera de reconocer con realismo la presencia del mal en el mundo. Todos sabemos por experiencia que la historia de la humanidad está marcada por luces y sombras, por avances y contradicciones, por gestos de generosidad y también por actitudes que dañan la convivencia.
Ante esta situación, los criados del dueño del campo proponen algo práctico y de sentido común: arrancar de inmediato la cizaña. Pero la respuesta del dueño es sorprendente: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». ¿Acaso el dueño del campo está ignorando la presencia del mal en su viña? desde luego que no. Él no minimiza la gravedad del mal ni su respuesta es una invitación a la indiferencia. Más bien, transmite la misma idea que ya encontramos en la primera lectura: Dios actúa con paciencia, conoce la profundidad del corazón humano y no deja de ofrecer oportunidades para que el bien crezca y dé fruto.
Con esta respuesta, Jesús nos enseña que la misión principal del discípulo no es dedicar sus energías a arrancar la cizaña ni obsesionarse por señalar el mal del mundo, sino cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades.
En un tiempo marcado por las tensiones, las divisiones, los enfrentamientos y la tendencia a expulsar lo diferente, la Palabra de Dios nos invita a redescubrir el valor de la paciencia, la comprensión y la esperanza. El Señor sigue actuando en la historia y haciendo crecer el trigo en medio de las dificultades.
¿De qué manera la paciencia de Dios me inspira una mirada más esperanzada hacia las personas y las situaciones de la vida cotidiana? ¿Qué actitudes ayudan a favorecer el crecimiento del buen trigo que Dios sigue sembrando en el mundo?
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