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Domingo 11 de octubre, Tiempo Ordinario
Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentre”.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Palabra del Señor.
Te invitamos a reflexionar este pasaje bñiblico con la guía de Fray Manuel Ángel Martinez Juan O.P.Convento de San Esteban (Salamanca):
Esta parábola es un reflejo de la historia de la salvación. Desde el comienzo de esa historia Dios llama a la humanidad a la boda de su Hijo, es decir, a entrar en comunión con él. Con frecuencia la Escritura nos presenta la relación de Dios con la humanidad acudiendo a una metáfora nupcial para expresar la intimidad, el amor y la cercanía de Dios. Pero los mensajeros, es decir, los profetas, los hombres de Dios, han sido maltratados o asesinados. Los primeros invitados fueron los miembros del pueblo elegido.
Pero, cabe preguntarse por qué esa resistencia a Dios, cuando nos está invitando a algo bueno; cuando de él solo cabe esperar cosas buenas, cuando su amor y su presencia lo colma todo de luz, paz, alegría, etc. También nos puede ocurrir a nosotros que estemos rechazando una invitación decisiva para nuestra vida cuando nos negamos a entrar en comunión con él en la oración cotidiana o en la Eucaristía.
Dado que los invitados primeros no eran dignos de tal banquete, el rey ordena a sus criados que vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren allí, malos y buenos. Aunque los primeros invitados hubieran acudido con gusto a la boda, Dios no dejaría de invitar a la misma a todos los pueblos. No es el fracaso inicial lo que motiva la generosidad de Dios.
Este pasaje nos lleva a preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Cómo estoy respondiendo a la invitación que me hace? ¿Qué excusas, «negocios» o preocupaciones cotidianas me hacen rechazar o posponer hoy su invitación? ¿Cómo acojo su gracia?
Lee la reflexión completa en: domincos.org
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