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El padre Javier nos invitó a vivir una conversión verdadera, desde dentro
El miércoles 18 de febrero, a las 12 horas, celebramos la misa de Miércoles de Ceniza, dando inicio al tiempo de Cuaresma. En su homilía, el padre Javier nos ayudó a comprender que este no es un tiempo más, sino una oportunidad concreta para dejarnos transformar por el Señor.
Desde el comienzo, nos situó en la imagen bíblica del desierto:
“Iniciamos este desierto cuaresmal con un objetivo, como hace Dios con el pueblo de Israel cuando lo lleva al desierto, como dice el profeta Oseas: mostrarle lo que hay en su corazón.”
El desierto, explicó, es el lugar donde se cae lo superficial y queda lo esencial. No hay seguridades ni distracciones; aparece la verdad de lo que somos.
“En nuestro corazón hay mucha hipocresía y necesidad de reconciliación. Para eso es el tiempo cuaresmal, el tiempo de desierto, para descubrir con la verdad de lo que somos que el Señor nos ama igual y que quiere entregar su vida por ti y por mí.”
Dios nos ama primero: el corazón del anuncio cristiano
Uno de los puntos centrales de la homilía fue desmontar una idea equivocada, que muchas veces llevamos dentro: pensar que tenemos que “ser buenos” para que Dios nos quiera.
El padre Javier fue muy claro:
“Pensamos que primero tenemos que ser buenos para que Dios nos quiera y nos escuche. Y es justamente todo lo contrario.”
Y añadió con fuerza:
“No somos buenos, somos pecadores y Dios está dispuesto igual a amarme y a regalarme su reconciliación.”
La salvación ya está realizada en Cristo, y no depende de nuestros méritos. La Cuaresma no es un esfuerzo para merecer el amor de Dios, sino un camino para disponernos a recibir una redención que ya nos fue regalada.
Una conversión que nace desde dentro
Con una imagen muy concreta, el padre nos advirtió del riesgo de vivir una Cuaresma solo exterior:
“Cuando uno quiere matar una maleza, no la corta por arriba… Cuando uno quiere destruir una maleza, tiene que sacarla de raíz.”
Así también nuestra conversión: no basta con prácticas externas si el corazón no cambia. La oración, la limosna y el ayuno —que la Iglesia nos propone desde siempre— no tienen sentido si se viven solo como cumplimiento.
En palabras del padre:
“Si se practica solo de manera externa… no va a lograr nada, absolutamente nada.”
Lo que el Señor quiere es transformarnos desde dentro, en lo secreto, allí donde solo el Padre ve.
Ahora es el tiempo de la Cuaresma
La homilía también fue un llamado fuerte a no dejar pasar esta oportunidad:
“Ahora es el momento conveniente. Ahora es el día de la salvación. No desaprovechemos esta cuaresma.”
Incluso nos animó con ejemplos muy concretos: revisar nuestro uso del dinero, del tiempo en redes sociales y nuestros hábitos cotidianos. Si al final de la Cuaresma hemos cambiado en algo concreto, será signo de que dejamos actuar a la gracia.
La fecundidad de la Semana Santa depende en gran parte de cómo vivamos estos cuarenta días. Un camino sincero de conversión dispone el corazón para recibir con mayor profundidad la gracia de la Resurrección.
Pidamos al Señor que este desierto no sea un simple rito más, sino un verdadero encuentro con su misericordia. Que podamos vivir la oración, la limosna y el ayuno no para que nos vean, sino para que el Padre, que ve en lo secreto, transforme nuestro corazón.
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