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Domingo del Buen Pastor, IV de Pascua
Jesús dijo a los fariseos:
“Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”.
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió:
“Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
Palabra del Señor
Te invitamos a meditar el Evangelio con la guía de Fray Manuel Ángel Martinez Juan (O.P.) del Convento de San Esteban, Salamanca, España:
Cristo muestra los signos por los que podemos reconocer al verdadero pastor. En primer lugar, el Buen Pastor entra por la puerta, y el portero le abre. Cristo es, al mismo tiempo, el Pastor, la puerta y el portero. La puerta tiene, entre otras funciones, la de proteger el aprisco. Cristo es una puerta infranqueable para los enemigos de sus ovejas. Pero no es una puerta cerrada para los suyos; no es una puerta que limita la libertad o que impide las entradas y salidas. El Buen Pastor respeta la libertad de los suyos, incluso la afianza o la refuerza.
En segundo lugar, las ovejas, es decir, los creyentes o los justos escuchan su voz. Escuchar significa aquí también obedecer. El tercer signo son las acciones del pastor: desde toda la eternidad conoce a cada una de sus ovejas por su nombre; esto es una muestra de la familiaridad e intimidad que mantiene con ellas; las conduce afuera y las conduce hacia los pastos abundantes; les da el verdadero alimento, o mejor, se entrega a sí mismo como alimento; también las saca del aprisco para que ellas mismas procuren la salvación de los que están fuera; a diferencia de los pastores de ovejas, que habitualmente caminan detrás del rebaño, Cristo camina delante para dar ejemplo, convirtiéndose en modelo del rebaño; va abriendo camino, enfrentando y derrotando los peligros aun a precio de su propia vida.
Jesús definió de distintas formas su misión. Dice, por ejemplo: «Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37); «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12,47); «Yo soy la luz; he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,46). En nuestro pasaje afirma: «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta vida abundante es la vida de la justicia que recibimos al entrar en la Iglesia por la fe.
En el libro del profeta Habacuc se dice que el alma del incrédulo no es recta, mientras que «el justo vivirá por su fe», palabras retomadas por la carta a los Romanos. La prueba de que poseemos esta vida, o –como dice san Juan en su primera carta– de que hemos pasado de la muerte a la vida es que amamos a nuestros hermanos. Esta vida abundante se manifiesta en el amor fraterno. La vida que Jesús ha venido a traernos es también la vida eterna, que consiste en conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.
Cristo es el único Pastor bueno y seguro que nos puede alcanzar la vida plena que tanto anhelamos porque él es la Vida. Solo hace falta que depositemos en él nuestra confianza para que la vida en abundancia que nos promete nos inunde completamente.
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