| Tweet |
|
Domingo 22 de marzo, Tiempo de Cuaresma
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”.
Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”.
Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?”
Jesús les respondió:
“¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”.
Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se sanará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”.
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a
su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”
Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”
Pero algunos decían: “Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?”
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”.
Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”.
Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
“Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”.
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
Palabra del Señor
Te invitamos a reflexionar con la guía de Fray Rubén Martínez Ortega (O.P.) de la Casa de Santo Domingo de Guzmán Hera:
Más allá del dolor, Jesús sabía que la muerte de Lázaro no era definitiva, ya que, a través de ella, se revelaría la gloria de Dios y se consolidaría la experiencia de la fe de sus discípulos, de sus amigas Marta y María, y de los judíos que las acompañaban. Cuando el dolor se transita de la mano del amor y de la fe, le permite contemplar al ser humano que la muerte no es la última palabra que se pronuncia sobe el hombre. La última palabra siempre la tiene Dios: VIDA.
El amor verdadero, la fe madura y la vida compartida se expresan con gestos históricos, concretos, gratuitos y significativos. Por eso, la revivificación de Lázaro no es un acto de condescendencia para consolar el dolor de Marta y de María. Tampoco tiene un valor instrumental a través del cual Jesús busca subsanar las dudas de fe de sus discípulos o de los judíos, ya que no es la primera vez que Él revivifica a alguien como signo de su poder sobre la muerte. Por eso no duda en esperar cuatro días para ir a ver a Lázaro.
Marta tiene claro que Dios es capaz de conceder a Jesús todo lo que le pida (cf. 11,21-22). Ella sabe que los muertos resucitarán en la resurrección del último día (cf. 11,24). Pero Jesús quiere invitarla a pasar de una idea teológica a una experiencia de fe viva en su persona: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (11,25-26). Creer no significa tener todo herméticamente claro. Creer significa correr el riesgo de confiar en Aquel que es capaz de sostener nuestra esperanza, aun cuando todas nuestras certezas nos indiquen lo contrario. En medio del dolor, el amor y la fe siempre nos invitan a contemplar el Misterio.
¿Cómo vivimos el misterio del dolor y de la muerte? ¿Con resignación, con indiferencia o con fe? ¿Nos animamos a responder personalmente la pregunta que Jesús le hace a Marta de Betania? ¿Creemos que Jesús es nuestra resurrección y nuestra vida?
Av Vitacura 3729, Vitacura, Región Metropolitana
Teléfono: 22 208 1730
E-mail: secretariapinmaculada@iglesia.cl